“Cuando halléis en mis palabras una nota segura, firme, sabed que estoy enseñándoos algo que he aprendido del pueblo.”
Antonio Machado
José Latinoamericano llegó con sus maletas y mucha curiosidad, quería conocer lo que estaba del otro lado del Atlántico.
Madrid, Madrid, Madrid, siempre tuvo miedo de ciudades grandes, se quedó nervioso.
La guía necesita de un párrafo especial, se llamaba Encarnación, encarnación de Franco supongo yo, porque quitó la paz del “guiri”, quitó su placer de ver a Guernica, además creo que ella ni conocía la palabra placer.
En el Palacio Real, se enfadó muchísimo al ver las riquezas de su tierra convertidas en objetos de cocina de los reyes. Sabía que algunas de aquellas piezas podrían saciar el hambre de su gente. Años de esclavitud convertidos en copas de vino…
De repente pensó en los artistas anónimos que trabajaron allí, en los hombres que salieron de sus pueblos para hacer aquellas maravillas de oro, plata, porcelana y se olvidó un poco de su enfado.
Decidió conocer las provincias de León y Castilla. Asustado con las gárgolas, con el oscuro de las iglesias, con los muertos bajo sus pies; escaleras y pasillos misteriosos oprimían su corazón latinoamericano. José se acordaba de una película antigua donde un joven preguntaba a su maestro, William de Baskerville, si a Dios le gustaba un sitio como aquel; la respuesta fue no.
En aquel momento, quería saber quien había hecho aquellas esculturas o como volaron los pintores para poder dibujar el cielo en el techo al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de las nubes.
José Latinoamericano, cansado de paredes frías y doradas ropas de curas, buscó el flamenco. Cerró sus ojos para escuchar la guitarra, su alma parecía volver a su cuerpo, el mismo cuerpo que se llenó de llamas cuando la danzarina se marchó al son de “no puedo vivir sin ti”. Él deseaba, con ganas, un beso, un gran beso apasionado. Estaba solo, tan pequeño… El beso jamás vendría, el pobre era sólo un muchacho latinoamericano. Necesitaba tanto oír su nombre de una boca sincera, pero oyó aplausos y se puso realmente contento por el espectáculo.
Continuó viajando por iglesias, palacios, castillos y murallas, aunque lo más interesante siempre fuera ver a las personas, la señora sonriendo en la ventana en Ciudad Rodrigo, el señor simpático en Miranda y los campesinos todo el tiempo peleando con el sol en medio a las plantaciones.
Al final de su viaje, estaba en Cuellar. Invitado a entrar en otra iglesia, fue caminando despacio. Allá no había sillas ni bancos. Se sentó en la alfombra roja y esperó. Era un sitio diferente, sin retablos, imágenes o cruces, solamente había luces, voces y música; todo eso era para decir al hombre latinoamericano, al sencillo José, que aquel lugar se construyó para la comunidad, tan distinta, tan igual, hombres y mujeres deseando unión y paz, deseando ver a sus hijos creciendo sin temores.
Fue la primera vez que José encontró a Dios en este país, sabía que ahora podría volver a su casa llevando en su pecho una palabra que los españoles deben descubrir: saudade.
(España, 2004)